MARRUECOS: un paraíso ciclista al lado de casa

No es casualidad el hecho de que busque lugares secos, remotos, rodeados de altas montañas y de alguna forma desérticos. De alguna manera me hacen sentir pequeña, ya sea por la majestuosidad o por la simpleza del lugar.

Me enamoré de los Pamires en Tayikistán, del Valle de Zanskar en Ladakh, de Spiti en Himachal Pradesh, de los Annapurnas y del valle del Khumbu en Nepal justamente por ello.

Cuando tuve que decidir hacia dónde continuaba mi viaje, lo tuve claro: quiero montaña, quiero lugares grandes, lunares, marronosos. Por eso vi claro que tenía que ir a Marruecos. Es curioso por qué lo hago de una forma inconsciente.

Desde Katmandú, Nepal, volé hacia Marrakech, Marruecos, con la idea de acercarme a casa. Comencé por el Alto Atlas, rodando por puertos y subidas monstruosas, acabando en las Gargantas del Dades. Posteriormente, crucé el Anti Atlas, atravesando el desierto del Sahara, las dunas de Erg Chigaga y el lago Iriki, para finalmente llegar a la costa Atlántica.

No os voy a engañar, la costa, el mar, el ritmo lento me sentaron bien-muy bien, tanto para mi mente como para mi cuerpo, que pedían un poco de calma, un poco de tregua.

No os voy a engañar, la costa, el mar, el ritmo lento me sentaron bien-muy bien, tanto para mi mente como para mi cuerpo, que pedían un poco de calma, un poco de tregua.

Recorrí los pueblos costeros de Taghazout, Imsouane y Essaouira, una mezcla entre locales y turistas que, sin saber muy bien por qué, te gusta y te sientes a gusto.

Una vez llegada a Essaouira, decidí hacer una salida nocturna. Essaouira-Marrakech (180km) era un final perfecto para la aventura. Con muchas ganas y emoción, arranqué y 12 horas después llegué a Marrakech, otra vez inmersa en el ordenado caos que tanto define esta ciudad.

Evidentemente, lo celebré con una buena tortilla bereber y un buen té marroquí, exhausta pero feliz ponía punto y aparte a mi aventura por el maravilloso país que es Marruecos.

Clara Dezcallar Camino @claradezcallarcamino